Visité el ashram de Sombari Baba en India (y conocí a un guru real)
Todo empezó como parte de un roadtrip en moto por los Himalayas. Era el tercer día de nuestra peregrinación por distintos ashrams en las montañas de Kumaon, una zona donde vivieron muchos santos con siddhis (poderes místicos), como Neem Karoli Baba y Haidakhan Babaji.
Un santo de esta zona del que jamás había oído hablar es Sombari Baba. Buscando info para la ruta, me crucé con este blog hermoso de unos hermanos suecos que hablaban de un ashram en Padampuri donde este místico había vivido. Como quedaba de paso, lo sumamos al itinerario… pero sin muchas expectativas. Pensé: va a ser una visita rápida, vemos el templo, meditamos un ratito y seguimos camino.
(Spoiler: no fue una visita rápida).
Quién fue Sombari baba
Este Siddha vivió hace más de 100 años en India y es bastante desconocido, incluso para muchos indios. Pasó sus últimos años en las montañas del Himalaya, y su ashram está en un valle al lado de un río, entre montañas y bosques.
Sombari Baba llevaba una vida simple. Dormía en el suelo (antes no había ninguna edificación en el ashram), cuidaba su fuego sagrado (dhuni) que nunca se apagaba, y vivía en completa armonía con la naturaleza.
Su gran poder era el siddhi de Annapurna, que garantizaba comida ilimitada. Dicen que nunca faltaba comida para quienes lo visitaban, y que incluso cuando parecía acabarse… aparecía más.
Annapurna, además de ser uno de los picos más altos del mundo ubicado en Nepal, significa diosa del alimento y diosa de la abundancia.
Dos occidentales con cara de poker en medio de una celebración hindú
Padampuri queda a 33 km de Nainital, una de las ciudades más grandes de esta zona de Uttarakhand. El ashram está ubicado en la confluencia de dos arroyos que forman el río Kalsa.
El viaje saliendo de Almora fue…interesante. Empezó con mucho caos, tomamos un camino alternativo que terminó siendo prohibido para motos. Calles sin salida, pendientes imposibles, subidas a pie con la mochila al hombro. Yo de mal humor, Dan, mi compañero, renegando con la moto y un señor indio ayudándonos a darla vuelta en una pendiente.
Cuando por fin llegamos al ashram, nos encontramos con una especie de festival. La música se escuchaba desde la carretera al otro lado del río, y yo admito que pensé: “Ay no, hay una fiesta en el ashram, no vamos a tener paz”.
Mi plan era pasar un tiempo en el lugar y hacer una pequeña meditación. Pero en vista de la música a todo volumen y de la cantidad de gente, nada parecía más imposible.
Traduciendo a medias un cartel con Google Translate, descubrimos que era el primer día de una celebración llamada Ram Katha (la historia de Rama, una figura central en el hinduismo). El festival duraba una semana y ese era el primer día. Perfect timing.
Estábamos en la duda de si entrar o no porque nos sentíamos un poco fuera de lugar con nuestros atuendos de motoqueros, dos mochilas enormes, dos cascos en la mano, y los únicos occidentales a la redonda. Pero al final decidimos entrar.
Dejamos nuestras zapatillas de un lado del río y cruzamos el puente hacia el otro lado, donde estaba el ashram.
En ese mismo río, que ahora estaba bastante seco por la temporada, Sombari Baba hacía que los devotos se lavaran antes de entrar.
Entramos al templo. Carteles en hindi, cantos, familias sentadas en el suelo, flores por todos lados y un ambiente festivo muy bonito.
Como te imaginarás, siendo los únicos extranjeros, todos nos miraban, pero con sonrisas. Un hombre súper contento de que estemos ahí nos preguntó de dónde éramos. No hablaba muy bien inglés, así que no pudimos hacerle muchas preguntas. Lo único que entendimos era “Welcome!! Welcome!! Welcome!!” Nos sentimos muy bienvenidos, por lo que decidimos quedarnos un rato.
Nos sentamos en el suelo para llamar menos la atención.
Había un hombre que guiaba la celebración. Hablaba con un micrófono en hindi y por momentos cantaba canciones devocionales. La multitud también cantaba, aplaudía y sonreía.
Nosotros no teníamos ni idea de qué estaban diciendo ni qué estaba pasando, pero el ambiente era hermoso, muy festivo y todos estaban felices, incluyéndonos. Los hindúes vestían sus mejores atuendos para la celebración.
Un hombre nos puso tilak en la frente y nos dijo que éramos muy bienvenidos. El tilak es una marca que se aplica en el punto del tercer ojo, se hace con pasta de sándalo, kumkum, ceniza sagrada y arroz.
Luego de un rato de presenciar las canciones y la celebración, decidimos que era hora de seguir camino. Parecía que la celebración iba a seguir igual por horas y horas, así que no tenía mucho sentido quedarnos.
Cuando estábamos saliendo, el hombre que nos había hablado al principio nos detuvo. Le dijo algo al oído a otro hombre y ese otro hombre, un anciano de pelo blanco y barba blanca larga, nos dijo: “Come with me!”
Y ahí la cosa se puso más interesante.
Hora del prasad
Seguimos al hombre que bordeó el edificio del ashram y nos llevó a la parte de atrás donde había una cocina. La gente estaba lavando los últimos platos. Parecía que el almuerzo se había servido hace poco.
Nos sentamos sobre una alfombra dentro de una carpa enorme y dos adolescentes de no más de 13 años trajeron dos fuentes con comida. Era lo que había quedado del Prasad, la comida bendecida que se sirve en los ashrams.
El hombre nos empezó a servir el alimento, una especie de puré de papa y una salsa bastante picante y yogurt de postre. Nosotros habíamos almorzado hacía poco por lo que no teníamos mucha hambre pero no podíamos negarnos a la comida bendecida.
Así que nos sentamos y comimos con la mano como todos los indios. Además nos trajeron un chai calentito, el té con leche y especias riquísimo típico de la India.
El hombre anciano nos hablaba en hindi sin parar. Y nosotros solo podíamos decir, aha, yes, aha, pretendiendo entender. Mirábamos a los adolescentes con desesperación para que nos traduzcan, pero tampoco hablaban mucho inglés.
Lo que sí entendíamos: estábamos en un lugar especial. Aunque no sabíamos por qué estábamos ahí.
Seguimos comiendo, nos querían dar más comida pero tuvimos que negarnos al segundo plato para no explotar. Después, cuando el hombre de barba se aseguró de que estábamos bien comidos, nos dijo: “Ahora vamos arriba“.
Con Dan nos miramos de nuevo. ¿A dónde íbamos a ir ahora?
Seguimos de nuevo al anciano, subimos unas escaleras en la parte de atrás del edificio que llevaban al segundo piso, donde no había casi nadie y era como una zona más VIP.
Conociendo a Shri Atal Ji Maharaj
El hombre nos llevó hasta la entrada de un cuartito rectangular. Entró y volvió con una pashmina de colores naranja y amarillo. Me la puso en los hombros y me dijo: “Esto te regala el guru. Vengan, entren. Dejen sus cosas afuera.“
Algo que quiero aclarar es que la palabra “guru” en Occidente tiene muy mala fama, pero en India es súper común. Guru es una palabra sánscrita (que no lleva acento) y significa “el que te lleva de la oscuridad hacia la luz”.
Adentro del cuartito había un hombre vestido completamente de naranja, con una barba blanca y larga, sentado en una silla especial. Otro hombre, que parecía un ayudante, le masajeaba los pies. Al lado había otra persona que parecía un místico, también con barba larga y pelo largo. El hombre de naranja fumaba algo que no estoy segura de qué era.
Esta es una de las pocas fotos del guru que encontré en internet. Créditos: @nandi_dass

Frente a ellos había tres personas sentadas. Nos sentamos al lado.
Apenas nos acomodamos en el suelo, sentí una energía muy poderosa, que me hizo marear. De repente no podía respirar bien y me empecé a abrumar un poco.
Miré al hombre de naranja que me devolvió la mirada y me sonrió, mientras el otro hombre le seguía masajeando los pies.
Dan me dijo: “Siento una energía muy fuerte”.
Pfff menos mal que no era solo yo. “Yo también”, le dije.
¿A dónde estábamos?
¿Quién era este hombre que emanaba toda esta energía?
Era como si el aire estuviera cargado de algo invisible.
¿Era su presencia?
¿Era que estaba fumando alguna hierba?
No sé. Pero algo había.
Luego de unos cuantos minutos el ambiente se calmó, y yo me empecé a sentir más normal.
Seguimos ahí sentados, pero sin entender nada. ¿Qué estábamos esperando? ¿Nos iba a dar la bendición? ¿Cuánto tiempo iban a demorar los masajes? ¿No podía saltarse los masajes si veía que había gente esperando? ¿Pero esperando qué?
Tenía mil preguntas en la cabeza, pero sentía que estábamos ante alguien especial.
El tiempo siguió pasando. En un momento entró un grupo de personas transportando una llama de fuego. El guru la bendijo, y cada uno de los que estábamos en el lugar puso una donación sobre la bandeja que tenía.
Después pasó otro hombre repartiendo leche. La leche de las vacas es súper sagrada en la India. La vaca es una encarnación de la Madre Divina.
Primero la leche fue bendecida por el guru y luego el hombre fue repartiendo leche en las manos de cada persona que estaba en ese cuartito.
Recibí la leche con mi mano derecha sobre la izquierda y la tomé como pude. En India, el Prasad siempre se come con la mano derecha, porque la mano izquierda es con la que los indios se limpian y se considera impura.

Luego, un grupo de tres mujeres entró al cuarto y se sentó al lado de nosotros. Nos preguntaron de dónde éramos con curiosidad. Yo respondí contenta, por fin alguien que hablaba inglés.
Apenas me di cuenta de que me podía comunicar con ellas, empecé a hacerles mil preguntas: ¿quién es este hombre? ¿por qué estamos acá? ¿qué va a pasar?
Nos dijeron que estábamos frente a Atal Ji Maharaj, el guru del templo, tercero en la línea de Sombari Baba, y un verdadero maestro espiritual.
Nos dijo que teníamos que esperar ahí hasta que nos llame para darnos la bendición. Nos dijeron: “Tienen muchísima suerte de estar acá“.
Yo sentía en mi corazón que tenía razón. De alguna manera habíamos terminado en frente de un gurú real, podíamos sentir su energía, y había sido completamente inesperado e implaneado.
Pero no te voy a mentir. Después de leer toda la historia de Ram Dass, de cómo conoció a su guru y le cambió la vida, me había quedado con grandes expectativas de cómo era conocer a un guru.
Por si no conoces a Ram Dass, fue un americano que viajó a la India y por una serie de causalidades terminó conociendo a su guru, Neem Karoli Baba (también conocido como Maharaji). La misma noche que lo conoció, el gurú le dijo: “Ayer estuviste pensando en tu mamá, que se murió por un problema en el bazo”. Ram Dass ahí se dio cuenta de que ese hombre era un santo real, no había manera de que hubiera podido saber eso.
Te recomiendo muchísimo leer la historia de Ram Dass, tiene un podcast y escribió muchísimos libros. Podés empezar con Be Here Now o Puliendo el Espejo.
Siguiendo con la historia, yo estaba súper intrigada de que estábamos frente a un gurú. Y si…empecé a fantasear…¿qué me va a decir? ¿Y si me dice algo trascendental? ¿Y si mi vida cambia como cambió la de Ram Dass?
Se estaba empezando a hacer tarde y todavía teníamos que conducir hasta Bhimtal. Le dije a la señora de al lado que pronto nos íbamos a tener que ir, a lo que nos contestó: “Tienen que esperar por el permiso del guru”.
Después de un rato, el guru se fue a otra habitación. Al ratito, el hombre que hablaba inglés se acercó y nos dijo que fuéramos para que Atal Ji nos dé el Darshan (la bendición).
El darshan del guru
Nos llevaron a un cuartito minúsculo, en el que estaba Atal Ji y dos traductores. Nos preguntó de dónde éramos. El traductor le dijo que creíamos en el Sanatan Darma (la verdadera palabra para simbolizar el Hinduismo).

El traductor nos explicó que Atal Ji era la tercera generación del linaje de Sombari Baba. Es decir, Sombari Baba fue el gurú de Swami Parmanand Puriji Maharaj, un santo que sigue vivo y que ahora tiene 135 años (¡nació en 1889!)
Este hombre vive en Haldwani y fue el gurú de Atal Ji.
Luego, mientras los dos lo mirábamos expectantes, esperando que nos diga algo trascendental, el guru nos preguntó dónde nos estábamos quedando y cuánto pagábamos por alojamiento.
“¿Qué? ¿de verdad nos está preguntando eso?,” pensé.
Después nos preguntó cuánto gastábamos en comida. Le respondimos ambas preguntas.
Finalmente nos dio dos bananas a cada uno y nos dijo que nos podíamos ir.
Yo no sabía si reír o llorar.
¿Dónde estaba la parte en la que me decía algo sobre mi vida? ¿Dónde está la parte en donde me leía la mente o me decía el futuro?
Ram Dass me había dejado con las expectativas de conocer a un guru demasiado altas.
El encargado nos dijo que las bananas habían sido bendecidas por el guru y no las podíamos compartir con nadie.
Yo seguía bastante descolocada con la pregunta del dinero. Así que le pregunté a uno de los traductores por qué nos había preguntado el precio de nuestro alojamiento.
Nos dijo que Atal Ji quería que los turistas tuviéramos una buena estadía en India y que no seamos estafados, porque hay gente que paga 5000 rupias por noche o cosas así, entonces quería asegurarse de que estábamos pagando una cantidad razonable. (Claramente no nos conocía a mí y a Dan 😅).
Yo esperando la iluminación, y el hombre preocupado por si nos están estafando 😂.
De igual manera fue súper interesante toda la tarde.
Aprender a liberarse de las expectativas
Estaba un poco decepcionada, pero después lo pensé mejor. No todos los gurús vienen con show espiritual, no todos te leen el pensamiento o te tiran una frase que te cambia la existencia. A veces, lo mágico pasa en lo simple: una sonrisa, una energía que no sabés explicar, una banana bendecida.
Nos ofrecieron quedarnos a dormir en el ashram. Nos dijeron que podíamos volver cuando quisiéramos. Y mientras nos íbamos, el gurú nos saludó desde la otra punta del templo. Caminamos hacia la moto con nuestras mochilas gigantes, los cascos en una mano y las bananas en la otra.

Nunca había estado tan confundida y tan agradecida al mismo tiempo.
No sé si conocí a un gurú con poderes sobrenaturales.
No me dijo algo que vaya a cambiar mi vida.
Pero sé que ese día, en ese rincón escondido del Himalaya, fue especial y no me lo voy a olvidar más.

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